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La masacre de Gomolava: cuando la violencia planificada ya existía hace 2.800 años

Un hallazgo que incomoda: el pasado no siempre fue un refugio idílico

Nos gusta pensar que la violencia sistemática, la persecución de poblaciones y la “lógica del exterminio” aparecieron cuando llegaron los grandes aparatos estatales, los ejércitos profesionales y la burocracia. Ese relato resulta tranquilizador: sitúa lo peor de la historia humana en la modernidad y deja el pasado remoto como un escenario más simple, casi ingenuo.

Pero la arqueología suele hacer justo lo contrario: introduce matices donde había certezas. En los Balcanes, un enterramiento colectivo datado hace unos 2.800 años está obligando a replantear una idea muy extendida: que la violencia planificada contra civiles vulnerables es un invento tardío.

Gomolava, primera Edad del Hierro: sin “Estado”, pero con conflictos

El yacimiento de Gomolava se sitúa en una región donde, durante el siglo IX a. C., convivían comunidades sedentarias con grupos de movilidad estacional. No hablamos de imperios con fronteras definidas ni de administraciones centralizadas al estilo moderno, pero sí de un territorio en transformación: tensiones por recursos, control del espacio y cambios sociales acelerados.

En ese contexto apareció una fosa con decenas de individuos. Durante un tiempo, una explicación parecía razonable para un evento de mortalidad masiva: una epidemia o una crisis sanitaria repentina. Era una hipótesis prudente, pero no resistió el escrutinio de los análisis más recientes.

Qué revelan los análisis: no fue enfermedad, fue violencia intencional

Un estudio multidisciplinar —combinando osteología forense, genética e isótopos— replantea el episodio como una matanza deliberada. En lugar de señales compatibles con un brote infeccioso, los datos apuntan a un patrón de muerte violenta concentrado en traumatismos.

Los restos muestran lesiones perimortem, especialmente en el cráneo, consistentes con golpes contundentes. El tipo de impactos sugiere una ejecución o un ataque con superioridad física y control de la escena: agresiones desde arriba o con las víctimas en posición de indefensión.

El dato más inquietante: el perfil de las víctimas

Si la violencia ya resulta perturbadora, la distribución por edad y sexo lo es aún más. La mayoría de los adultos identificados eran mujeres y una parte muy significativa del conjunto correspondía a niños y adolescentes. Ese sesgo demográfico difícilmente encaja con un enfrentamiento “entre guerreros” o con una simple refriega.

Este tipo de selección apunta a una estrategia: atacar el núcleo de continuidad de un grupo —su descendencia y su capacidad reproductiva— para impedir su recuperación a medio plazo. No es solo matar; es bloquear el futuro del adversario.

Isótopos y ADN: una violencia dirigida, pero no contra una sola familia

Otro elemento clave es que las víctimas no parecen formar un único grupo doméstico. Los indicadores isotópicos y genéticos sugieren orígenes diversos y dietas diferentes, con vínculos de parentesco limitados en el conjunto. Es decir: no encaja con la tragedia aislada de una sola aldea o un linaje concreto.

Una lectura plausible es que se tratara de una acción interregional: una operación diseñada para desarticular a comunidades rivales en un escenario de competencia territorial. La selección de víctimas, por tanto, respondería a cálculo social y político, no a azar.

El entierro también habla: cuidado funerario tras la matanza

Las fosas comunes suelen asociarse a prisa, caos y eliminación rápida de cuerpos. En Gomolava, sin embargo, hay indicios de una inhumación más elaborada, con objetos y depósitos que remiten a prácticas funerarias reconocibles para la época, incluyendo ajuar y evidencias de sacrificios animales.

Esta combinación —matanza y ritual— abre preguntas incómodas. Una posibilidad es que el entierro funcionara como escenificación de poder: mostrar dominio absoluto y, al mismo tiempo, exhibir control cultural sobre los códigos funerarios. La violencia no solo se ejercería con armas, sino también con símbolos.

Por qué este caso cambia el debate sobre la “guerra de exterminio”

Gomolava no demuestra que la historia antigua fuese un campo de exterminios constante, pero sí que la planificación de la violencia extrema no necesita necesariamente un Estado moderno para existir. Basta con incentivos claros (territorio, recursos, prestigio, control), capacidades operativas (movilidad, armas, coordinación) y un marco social que legitime el acto o lo integre en un relato.

La lección es doble: el pasado fue más complejo de lo que nuestras simplificaciones permiten, y algunos comportamientos que consideramos “modernos” pueden aparecer allí donde hay competencia, desigualdad y deseo de dominación.

Lo que queda por entender

El caso plantea interrogantes que la investigación deberá afinar: quiénes fueron los agresores, cómo se organizó el ataque, qué relación tenían con las víctimas y qué consecuencias tuvo para el poblamiento de la zona. También queda por explorar hasta qué punto episodios similares pudieron ser más frecuentes de lo que sugieren los registros, que solo conservan una fracción mínima de lo sucedido.

Mientras tanto, Gomolava sirve como recordatorio de que la arqueología no solo reconstruye tecnologías o economías antiguas: también ilumina, con crudeza, las sombras persistentes del comportamiento humano.