El cromosoma Y que desaparece con la edad: una pista genética clave para entender por qué los hombres viven menos
Durante años se repitió una explicación casi automática para la diferencia de esperanza de vida entre mujeres y hombres: la testosterona, la conducta de riesgo o un estilo de vida menos cuidadoso. Todo eso puede influir, pero en la última década ha ganado fuerza una hipótesis mucho más concreta y medible: con el paso del tiempo, muchos hombres empiezan a “perder” el cromosoma Y en una parte de sus células. Y ese detalle, lejos de ser anecdótico, podría tener consecuencias importantes para la salud.
Un recordatorio rápido: qué papel juegan los cromosomas sexuales
En la mayoría de nuestras células hay 46 cromosomas organizados en pares. Entre ellos están los cromosomas sexuales: típicamente, dos X en mujeres (XX) y una combinación X e Y en hombres (XY). El cromosoma Y fue durante mucho tiempo considerado pequeño y poco relevante más allá de participar en la determinación del sexo, pero esa visión se ha ido corrigiendo: su influencia no termina en el desarrollo, también puede afectar a procesos biológicos en la edad adulta.
Qué es el mLOY: cuando el cromosoma Y se pierde “a mosaico”
El fenómeno se conoce como mLOY (mosaic Loss Of Y), o pérdida en mosaico del cromosoma Y. Ocurre cuando, durante la división celular, algunas células (especialmente de linajes sanguíneos) cometen errores y terminan sin el cromosoma Y. El resultado es un “mosaico”: conviven células con Y y células sin Y dentro del mismo organismo.
Lo llamativo no es solo que suceda, sino con qué frecuencia aumenta con la edad. Los grandes análisis poblacionales han descrito que este patrón se vuelve común en varones a partir de la madurez y se dispara en edades avanzadas.
De “curiosidad del envejecimiento” a factor de riesgo medible
Durante un tiempo, mLOY se interpretó como una rareza inocua, una especie de marca del envejecimiento sin demasiada trascendencia. Pero la evidencia más reciente sugiere otra lectura: la pérdida del cromosoma Y en una proporción elevada de glóbulos blancos se asocia con peores desenlaces en varias enfermedades, y podría formar parte de la explicación biológica de por qué los hombres, de media, mueren antes.
El vínculo más sólido: corazón y sistema cardiovascular
Uno de los focos principales está en la salud cardiaca. En modelos animales, al inducir la ausencia del cromosoma Y en células relevantes, se ha observado un aumento rápido de cambios compatibles con daño estructural del corazón, como la fibrosis (acumulación de tejido cicatricial) que puede reducir la capacidad del músculo cardiaco para contraerse y relajarse con normalidad.
En humanos, estudios de cohortes y biobancos han relacionado niveles altos de mLOY en sangre con un incremento del riesgo de mortalidad cardiovascular y con mayor probabilidad de eventos graves. Aunque estos datos no convierten a mLOY en el único culpable, sí lo colocan como un candidato serio a biomarcador de riesgo.
Más allá del corazón: inmunidad, cáncer y neurodegeneración
El cromosoma Y también parece conectar con la capacidad del sistema inmunitario para hacer su trabajo. Si parte de los glóbulos blancos pierden información genética relevante, el resultado puede ser una vigilancia menos eficaz frente a amenazas internas, incluidas células tumorales.
Por eso, mLOY se ha asociado a peores pronósticos en algunos cánceres y a una respuesta inmunitaria potencialmente menos robusta. Además, varios trabajos han descrito una presencia más alta de mLOY en personas con Alzheimer, lo que alimenta la idea de que el fenómeno podría contribuir —directa o indirectamente— al riesgo neurodegenerativo en varones.
Una pieza que encaja en pandemias: por qué algunos hombres mayores lo pasaron peor
Durante la crisis de la COVID-19 se observó un patrón repetido: los hombres, especialmente los de mayor edad, tendían a sufrir cuadros más graves. Entre las explicaciones posibles (comorbilidades, hábitos, diferencias inmunológicas), mLOY aparece como un factor que podría aumentar la vulnerabilidad en una parte de la población masculina, al afectar a la respuesta inmune.
Lo esperanzador: si se puede medir, se puede usar en prevención
Aunque suene inquietante pensar que una fracción de nuestras células pierde un cromosoma, el hallazgo tiene un lado positivo: mLOY puede detectarse en un análisis de sangre y, en teoría, ayudar a estratificar riesgo.
En investigación preclínica se han explorado tratamientos que reducen consecuencias como la fibrosis en modelos animales, lo que abre una vía interesante: no “recuperar” el cromosoma en cada célula, sino mitigar el daño que aparece cuando su pérdida altera procesos fisiológicos. En el futuro, esto podría traducirse en prevención más personalizada para hombres mayores, sumándose a marcadores clásicos como colesterol, presión arterial o inflamación.
Qué podemos concluir hoy (sin exagerar)
La diferencia de longevidad entre sexos es multifactorial: biología, ambiente, desigualdades, conducta y atención sanitaria se mezclan. Pero el fenómeno mLOY aporta algo que antes faltaba en el debate: un mecanismo genético frecuente, asociado al envejecimiento masculino y conectado con riesgos concretos.
La próxima frontera será convertir este conocimiento en herramientas clínicas: cuándo medirlo, en quién, con qué umbrales y qué intervenciones compensan realmente el riesgo. Si se valida en más poblaciones y con protocolos claros, la “pérdida del Y” podría pasar de curiosidad genética a componente práctico de la medicina preventiva.

