El aeropuerto que se tragó un pueblo: la historia de Otaza y el tesoro medieval que apareció después
El aeropuerto que se tragó un pueblo: la historia de Otaza y el tesoro medieval que apareció después
En Álava, la necesidad de mejores conexiones aéreas acabó reescribiendo el mapa. Lo inesperado es que, tras el hormigón y las expropiaciones, emergió una sorpresa: un hallazgo numismático con miles de monedas de época medieval.
Foronda: un aeropuerto pequeño en pasajeros, grande en carga
El aeropuerto de Vitoria-Foronda no suele encabezar las listas por tamaño o rutas, pero sí por su papel logístico. Su especialización en mercancías lo ha convertido en una infraestructura clave dentro de la red aeroportuaria española, con un movimiento de carga que lo sitúa entre los más activos del país.
Detrás de esa eficiencia hay una historia menos conocida: el espacio necesario para levantar y operar el aeródromo no salió gratis. Se obtuvo a costa de un asentamiento rural que terminó literalmente bajo la huella de la pista y las instalaciones.
El dilema de los años 70: crecer o quedarse aislados
Durante la década de 1970, el territorio se enfrentó a una decisión típica de la modernización: apostar por una infraestructura capaz de sostener el desarrollo económico o mantener el statu quo con conexiones limitadas. Las soluciones existentes no cubrían las aspiraciones de vuelos regulares y mejor acceso a los grandes centros urbanos.
Tras evaluar distintas ubicaciones, la opción elegida fue construir un nuevo aeropuerto en el entorno de Foronda. La elección abría la puerta a una obra ambiciosa, pero también ponía en tensión la convivencia entre la nueva instalación y el paisaje humano ya asentado.
Una obra rápida para estándares actuales
La tramitación y las primeras fases avanzaron con una velocidad llamativa si se compara con los tiempos actuales de proyectos similares. En pocos años se aprobaron etapas, se definieron elementos críticos (pista, sistemas de operación, accesos y torre de control) y se fue dando forma a un aeropuerto preparado para operar tráfico nacional e internacional.
Ese ritmo, sin embargo, no eliminó los obstáculos. Al contrario: cuando la infraestructura ya era irreversible, apareció un problema de proximidad que acabaría convirtiéndose en un punto de no retorno.
Otaza: una aldea con historia frente a una pista a pocos cientos de metros
Otaza era una localidad pequeña, con una población reducida incluso en el siglo XIX, y que en los años 70 mantenía apenas unas decenas de vecinos. Aun así, contaba con identidad, trazado, memoria y un templo que había vertebrado la vida comunitaria.
La distancia entre el núcleo y la futura pista era tan corta que la convivencia con el aeropuerto se volvió impracticable. El debate era crudo: ¿debía prevalecer una infraestructura estratégica o el derecho a permanecer de un puñado de familias en su lugar de origen?
Expropiación, resistencia y demolición
Los procesos de expropiación rara vez son limpios, y el caso de Otaza no fue una excepción. Hubo negociación, desacuerdos y vecinos que apuraron hasta el final su permanencia. Con el avance de las obras, la balanza se inclinó definitivamente hacia el aeropuerto.
La aldea terminó siendo derribada. Su iglesia también fue demolida tras los acuerdos pertinentes. En cuestión de días, lo que había sido un poblado vivo pasó a convertirse en un recuerdo, y su administración se integró posteriormente en otra entidad local.
La sorpresa que llegó tarde: una vasija con más de 5.000 monedas
Cuando parecía que la historia había concluido con el último derribo, ocurrió algo improbable: ya con el lugar transformado, una familia que paseaba por la zona localizó una vasija con monedas cerca del entorno donde se situaba la antigua iglesia.
El hallazgo fue comunicado y revisado por las autoridades. El contenido resultó ser un conjunto de más de 5.000 piezas, en cobre y plata, datadas entre los siglos XII y XIII. La cronología remite a reinados medievales relevantes en la península, y el conjunto se ha popularizado con un nombre ligado al lugar que desapareció: el “tesorillo de Otaza”.
Qué nos enseña Otaza: infraestructura, memoria y azar arqueológico
El caso de Otaza resume una paradoja frecuente: el progreso material necesita espacio, y ese espacio a veces se obtiene borrando capas de historia cotidiana. En este caso, la historia no quedó totalmente sepultada: reapareció en forma de monedas, como si el subsuelo se negara a quedar en silencio.
También deja una lección práctica: incluso cuando una zona se transforma por completo, el terreno conserva información y patrimonio. La planificación de grandes obras convive con la arqueología —a veces a tiempo, otras veces demasiado tarde— y en ocasiones el pasado se abre paso cuando menos se espera.

