La península con electricidad a precio cero y la Europa cara: el cuello de botella que empieza en los Pirineos
Un mapa eléctrico partido en dos
En pleno invierno, el mercado eléctrico europeo ha mostrado una fotografía difícil de justificar políticamente: en la Península Ibérica la electricidad se ha abaratado hasta rozar el “regalo”, mientras en el centro y norte de Europa los precios se mantienen en niveles propios de una crisis energética. Esta brecha no es solo un dato llamativo; es una señal de que la integración del sistema eléctrico europeo sigue teniendo fronteras reales.
El fenómeno se entiende mejor al mirar el conjunto: la Península produce mucho más de lo que necesita en determinadas horas, pero no puede sacar ese excedente con fluidez hacia los países donde sería más valioso. El resultado es una Europa con abundancia al sur y escasez al norte, separadas por una capacidad de intercambio insuficiente.
Por qué España y Portugal están generando tanto (y tan barato)
Varias semanas de fuerte aportación renovable han empujado los precios a mínimos. Cuando coinciden rachas de viento, alta disponibilidad hidráulica y una producción solar estable, la oferta puede superar con holgura la demanda. En ese escenario el precio cae con rapidez y, en ocasiones, llega a situarse en valores cercanos a cero o incluso negativos.
Para el consumidor, pagar menos parece una gran noticia. Para el sistema, sin embargo, también significa algo menos intuitivo: si no hay forma de mover esa energía hacia donde hace falta, la electricidad sobrante se convierte en un problema operativo y económico.
La cara B del “chollo”: vertidos y señales de mercado rotas
Cuando la red no puede absorber más generación o no dispone de salidas suficientes, parte de la producción renovable se recorta por motivos técnicos. Dicho de forma simple: se apagan molinos, se limita solar o se deja de turbinar aunque el recurso esté disponible. Es energía limpia que no se aprovecha.
Este desperdicio tiene consecuencias en cadena:
- Ineficiencia climática y económica: se desaprovecha generación sin emisiones en un momento en el que otros países siguen recurriendo a fuentes más caras o más contaminantes.
- Riesgo para la inversión: precios persistentemente bajos o episodios de precios cero/negativos complican la rentabilidad de nuevos proyectos, justo cuando se necesita acelerar despliegues y almacenamiento.
- Cuellos de botella internos: no todo es “exportar”; también faltan refuerzos y nuevas conexiones dentro del propio país para llevar la electricidad a nuevos polos industriales o áreas de crecimiento.
La “isla energética” ibérica no es un eslogan
La Península lleva años arrastrando un nivel de interconexión con el resto de Europa muy por debajo de los objetivos comunitarios. En la práctica, esto significa que, aunque el mercado sea europeo en lo normativo, los electrones siguen encontrando un embudo físico: no hay suficientes líneas para que el excedente ibérico alivie de forma significativa los precios en otros países.
Y cuando el cuello de botella coincide con un pico de renovables, el sistema hace lo único que puede para mantener la estabilidad: limitar generación y asumir que una parte del potencial se pierde.
Francia, entre la geografía y la estrategia industrial
Entre la electricidad barata del sur y la demanda del norte se sitúa Francia, un actor clave por posición y por modelo energético. El debate sobre nuevas interconexiones no es únicamente técnico: también toca intereses industriales, precios domésticos y el equilibrio de competitividad entre tecnologías.
La tensión aumenta porque Francia es, a la vez, un gran sistema de generación y un país de tránsito. Si la capacidad de intercambio se amplía de manera sustancial, la energía solar y eólica ibérica —muy competitiva en ciertas horas— podría presionar a la baja los precios regionales. Eso sería beneficioso para consumidores e industria en muchos países, pero puede chocar con estrategias nacionales enfocadas en proteger inversiones a largo plazo y su rentabilidad.
¿Qué se está haciendo para abrir el “tapón”?
En Bruselas crece la impaciencia: la Unión Europea persigue un mercado verdaderamente integrado, donde los excedentes de unos compensen déficits de otros, y donde la transición energética no dependa de fronteras de cable. Por eso, la presión política sobre los proyectos de interconexión ha ido aumentando.
En paralelo, hay iniciativas que avanzan, aunque a ritmo lento. Entre ellas, destaca el refuerzo mediante nuevas infraestructuras de interconexión (incluidas soluciones submarinas) que deberían elevar la capacidad de intercambio en los próximos años. El problema es el calendario: el desajuste de precios y los vertidos ocurren ahora, mientras las obras se miden en veranos, permisos y fechas a varios años vista.
Una contradicción europea: excedente verde aquí, facturas altas allí
La paradoja es difícil de sostener en una UE que quiere electrificar industria, reducir gas y abaratar la energía: tener un territorio con excedente renovable y otro con precios disparados al mismo tiempo evidencia que la transición no es solo construir parques solares o eólicos, sino construir red, interconexión y flexibilidad (almacenamiento, gestión de demanda, electrificación inteligente).
Si la Península aspira a ser una pieza central del suministro renovable europeo, necesitará algo más que recursos naturales y capacidad instalada: necesita autopistas eléctricas reales. Y Europa, si quiere funcionar como unión energética, tendrá que convertir los Pirineos en un puente y no en una frontera.

